Archivo del Autor: Jorge Lozano

Imposible arrancar con otro título. Imposible. Este texto no merece menos. Es especial. Mi padre es especial. Lo sigue siendo. Porque por mi cabeza, cada vez que resuena el nombre de la Unión Deportiva Las Palmas, de su historia, de su gente y de su escudo, siempre, y de forma automática, recuerdo a mi padre. Él, siendo yo madrileño, merece, como mínimo, unas palabras de agradecimiento. Y ya que tengo la oportunidad, lo haré. Y, de paso, les hablaré de él. De nuestra historia. De cómo contagió un sentimiento tan pasional que, con suerte, espero que se disperse por cada persona que lea esto. Aficionado o no a la Unión Deportiva Las Palmas. Al club de nuestra vida.


Porque cuando yo era pequeño, todavía recuerdo que me sentaba con él, con mi padre, a ver jugar a un equipo que vestía de amarillo arena y de azul mar. A esa temprana edad, también recuerdo que mis ojos sólo se perdían en los pelos de Paqui y Walter Pico; en la cara de enfado que tenía Samways; en lo bien que jugaba ese jugador, que tanta gracia me hacía, porque su nombre me recordaba al tomate que comía en casa. ¿Orlando? Inconfundible. No era el único. «El Rubio» no se quedaba atrás. Jugaba de delantero, de los que parecía patear al balón con toda su alma. «Eloy», me decía mi padre. «Ese es Eloy».


Un día, ya algo más mayores los dos, pregunté en casa -me estaba matando la curiosidad- que por qué seguíamos con tal entusiasmo a un club totalmente alejado a Madrid. Y siempre, pero siempre a partir de esa fecha, recibí la misma respuesta de mi padre: «porque, cuando era joven como tú, la Unión Deportiva hacía el mejor fútbol de la época. Mira Guedes, Tonono, Castellano. Mira Brindisi, Wolff, Carnevali, Morete». Incluso se pasaba tardes enteras recitándome alineaciones, tratándome de explicar que había, en la plantilla, dos Gilbertos: I y II.


Y así, mientras en el colegio hablaban del Madrid de Raúl, Mijatovic o Seedorf, en mi casa, cada vez más, me iban inculcando un amor eterno a un escudo eterno. De leyenda. Del que hablaban maravillas y del que en los peores momentos costaba entender cómo jugaba en 2aB. Ahí, al borde de la desaparición. Aquel que plantaba cara a todo un Madrid. A un Barça. Ese mismo, la Unión Deportiva Las Palmas, en 2aB.


21 de junio de 2015. Ascenso a Primera División. Por fin. Por fin comprendí todo lo que mi padre me había contado durante tantos años. El orgullo indescriptible. Un orgullo que viví en primera persona y que jamás había florecido en mí. De ese niño que, cómo no, se hacía mayor. Que ya era todo un adulto y que, por supuesto, se sentará al lado de sus hijos para hablarles, con sentimiento, del Turu Flores, de Orlando, de Jonathan Viera. Ahí, ellos entenderán que hay amores que están condenados a ser eternos. Ahora y siempre, Arriba D ́ellos.

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